El hombre ha siempre adquirido la mayor parte de sus conocimientos sobre el espacio a partir de la observación de los astros y los diferentes fenómenos que tienen lugar en ese complejo ámbito. El desarrollo de los telescopios ha acompañado la evolución tecnológica, a fin de obtener mejores imágenes, alcanzar mayores distancias y relevar todo tipo de datos. En particular, la necesidad de evitar las distorsiones provocadas por los gases presentes en la atmósfera terrestre, entre otras, llevó a los científicos a promover la construcción de un “observatorio” en el espacio.

El Hubble, lanzado en el año 1990, es el primer telescopio de este tipo. Su longitud total es de unos 13,3 metros, y su espejo principal cuenta con un diámetro de 2,4 metros, lo que lo convierte en el instrumento óptico más grande en funcionamiento. Durante sus más de dos décadas de servicio, el Hubble ha realizado más de 1,3 millones de observaciones, lo que derivó en una enorme masa de datos que permitió a los científicos publicar más de 15 mil artículos relacionados con el espacio. Esta gran cantidad de información permite a los astrónomos actuales contar con un conocimiento mucho más acabado del funcionamiento del espacio, y ha permitido también verificar empíricamente ciertos postulados de las teorías cosmológicas.

Su nombre es en honor a uno de los más grandes astrónomos de la historia, el americano Edwin Hubble, quien contribuyó enormemente al desarrollo de la cosmología a partir de su trabajo de observación de las galaxias. Con este objetivo, Hubble se valió del uso del telescopio más grande en existencia hasta ese momento, durante los años ’20, el del observatorio del monte Wilson, en Pasadena, California.

En la actualidad, el desarrollo del telescopio espacial James Webb se encuentra muy avanzado. Este instrumento, con un espejo de diámetro aproximado de 6,5 metros, es el fruto de 20 años de trabajo para construir el reemplazante del Hubble.