El mar de Aral se encuentra ubicado en Asia Central, en la frontera entre Kazajistán y Uzbekistán. Hasta mediados del siglo XX era uno de los lagos salinos más grandes del mundo, con un contenido de sales que alcanzaba los 10 gramos por litro.

Sin embargo, la intención del gobierno soviético de Kruschev de irrigar los territorios desérticos linderos al lago terminó por desarrollar una catástrofe ambiental sin precedentes. La construcción de diques para desviar el curso de los ríos que alimentan al lago, el Amu Darya y el Syr Darya, y canalizarla para la producción de algodón, eliminó el flujo mayoritario de agua al lago, que representaba el 80% del agua que ingresaba al mar de Aral.

Por este motivo, el nivel del mar comenzó a reducirse drásticamente a partir de la década de 1960, con consecuencias nefastas para la región. La pérdida de agua incrementó los niveles de salinidad del lago, lo que tuvo un efecto catastrófico sobre la biodiversidad del entorno acuático. La mayoría de las especies no pueden sobrevivir en tales condiciones, por lo que la riqueza de plantas y animales que caracterizaba al mar de Aral desapareció, y junto con ella la actividad pesquera de los habitantes de la zona.

La desecación ha provocado también un gran incremento de las tormentas de polvo y de la destrucción de suelos aledaños por la elevada salinidad. En ausencia del poder regulador de la temperatura de los grandes cuerpos de agua, el clima de la región también se ha modificado, con un aumento de las amplitudes térmicas y la desertificación de vastas áreas de terreno que perdieron todo flujo de agua.

Los gobiernos de Uzbekistán y Kazajistán intentan realizar esfuerzos conjuntos para recuperar el mar de Aral. No obstante, sólo en Kazajistán se han llevado adelante proyectos de magnitud, con construcción de presas y canales que pueden revitalizar el cuerpo de agua. En este caso, la contribución del Banco Mundial para financiar los proyectos ha sido fundamental.