Una de las interrogantes que ha llamado la atención del hombre desde siempre es el origen del universo. La humanidad ha intentado hallar explicaciones para la existencia de nuestro mundo y los astros, y ha recurrido para eso a diferentes recursos, como la religión, la filosofía y, más recientemente, las ciencias naturales.

Con la evolución del conocimiento científico, las teorías iniciales que atribuían a Dios la creación de la Tierra y el resto de los planetas fueron cuestionadas en forma cada vez más fuerte, hasta ser descartadas. Sólo las teorías con fundamentos verificables empíricamente fueron sentando las bases de la cosmología, es decir, la ciencia encargada del estudio de la origen y la evolución del universo.

La profundización del conocimiento en la física teórica y la astronomía, junto con las mejoras tecnológicas que permitieron la creación de instrumentos de observación y evaluación del espacio, derivaron en el surgimiento de las teorías más aceptadas actualmente sobre el surgimiento del universo.

Sin dudas, la teoría del “Big Bang” (“gran explosión”, en inglés) es la que cuenta con el mayor consenso en nuestros días. Si bien habitualmente se la asocia a la figura del brillante físico británico Stephen Hawking, su planteo se remonta a los años 1920, cuando el sacerdote y astrónomo belga Georges Lemaître propuso que, si efectivamente el universo se encuentra en continua expansión, originalmente se encontraría concentrado en un único punto. El trabajo posterior de Edwin Hubble sobre el movimiento de las galaxias, a partir de la observación del espacio, y el descubrimiento de la radiación cósmica de fondo, fueron los primeros indicios de la adecuación de la teoría a fenómenos observables en la naturaleza.

En líneas generales, este modelo cosmológico indica que el universo tuvo como inicio un estado de alta densidad y temperatura, en el que toda la materia se encontraba condensada en un único punto, para luego expandirse y enfriarse muy rápidamente en un período corto de tiempo. La distribución de la materia y la acción de la gravedad llevaron a la formación de los diferentes cuerpos celestes, incluidos los planetas.