El biogás es otra de las fuentes renovables de energía que han cobrado un gran impulso en los últimos años. La necesidad de hacer frente a los requerimientos energéticos, al agotamiento de los combustibles fósiles y a la necesidad de reducir las emisiones contaminantes que afectan el clima terrestre, ha llevado a buscar alternativas verdes al gas natural. La producción de biogás a partir del tratamiento de desechos industriales o agrícolas es una de las variantes más desarrolladas.

El biogás es una mezcla de metano y dióxido de carbono, que puede contener también concentraciones traza de sulfuro de hidrógeno (un gas tóxico con olor a huevos podridos). Para obtenerlo, se realiza la degradación biológica de los residuos, en un ambiente sin oxígeno (anaeróbico). Las bacterias que pueden crecer en este ambiente, se encargan de la digestión del material biológico y la producción de los gases. En la actualidad, es habitual encontrar plantas de biogás como complemento a las actividades agropecuarias, para aprovechar sus desperdicios para generar energía y valorizar aún más la producción.

El metabolismo bacteriano que lleva a la producción de biogás cuenta con cuatro etapas:

  • Hidrólisis: en este período, los microorganismos secretan enzimas extracelulares que degradan la biomasa y permiten la asimilación de los distintos compuestos orgánicos.
  • Acidogénesis: durante esta etapa termina de eliminarse el oxígeno presente en el medio y se degradan aún más los compuestos orgánicos. Los productos obtenidos son los ácidos grasos y distintos tipos de ácidos orgánicos de menor tamaño que pueden ser metabolizados por las bacterias (ácido valérico, propiónico, láctico, entre otros).
  • Acetogénesis: las bacterias productoras de ácido acético metabolizan los ácidos orgánicos para producir acetato e hidrógeno.
  • Metanogénesis: finalmente, las bacterias productoras de metano toman el acetato y lo descomponen para formar la mezcla de metano y dióxido de carbono que conforma el producto final.